lunes, 18 de mayo de 2009

En el día de hoy...la aventura de la mujer y el hombre.

   Cuatrocientos mil años de evolución. Siete u ocho mil de cultura. Cinco mil nueve de cultura escrita. Son referencias que nos sirven para comparar al individuo de hoy,con los primeros homínidos. Quizás sea verdad que en la actualidad sabemos muchas cosas, que con nuestra inteligencia hemos logrado controlar el medio y crear unas condiciones que permitan que nuestra adaptación sea menos traumática. Pero, también, ignoramos otras muchas. Aceptar esa limitación es un gesto de humana humildad.

   Educar, como dice un entrañable y sabio paisano, es "meter en vereda", "colocar en un camino" porque, cuando nacemos, somos, casi, puro instinto. A lo largo de la vida podemos enmascarar, disfrazar o utilizar cualquier recurso que nos permita la integración en el grupo, que nos dé la posibilidad de no quedarnos aislados. Una conducta es buena o mala si se adecua al código que la ha propiciado. Las acciones humanas se juzgan desde parámetros culturales, no desde parámetros biológicos Por eso, lo que está bien en un entorno, está mal en otro. Sin embargo, como seres humanos, nuestros impulsos básicos son los que motivan nuestros actos. Juzgados o analizados desde ese punto de vista, el cristiano, el judío, el musulmán o el hindú, actúan para cubrir sus necesidades esenciales; sus culturas correspondientes les dictan cómo hacerlo.

 Si volvemos a nuestra naturaleza, somos seres vivos que necesitamos integrarnos y reproducirnos. Son nuestros imperativos biológicos, así de simple. La integración en el grupo depende de las capacidades individuales, de las posibilidades de aportar para recibir. De la relación amplia con diversos miembros de la comunidad, pasamos a la relación especializada con miembros concretos que nos permiten la reproducción. Aunque las motivaciones de los hombres y las mujeres sean diferentes, en ese proceso de integración y de relación especializada, se obtiene un grado de satisfacción que hoy llamaríamos felicidad. Como organismos, nuestro buen funcionamiento depende del grado de satisfacción que obtengamos de esas  necesidades básicas y de la protección contra factores que puedan poner en riesgo este proceso. Comer y amar, grosso modo, podrían resumir nuestras aspiraciones como seres vivos. Tanto para una cosa, como para la otra, la socialización es imprescindible.

  Todo esto es obvio, y no me siento cualificado para profundizar más sobre el tema. Sin embargo, para enjuiciar nuestras conductas, resulta una salida bastante cómoda y las soluciones también serían fácilmente articulables. Seguramente la idea de reducir la actividad humana al simple hecho se saciar nuestro apetito y de reproducirnos, puede parecer algo disparatado. Pero si todos nuestros actos están regidos por una motivación, quizás alguien tendría ganas de seguir dándole vuletas y podría llegar a esa conclusión.

  El que un hombre quiera y desee copular con diversas mujeres está en su naturaleza. El que una mujer se permita elegir a un hombre entre varios para garantizar una prole sana y fuerte está en su naturaleza. Sí, somos animales, disfrazados con el manto de la educación, de la cultura, pero básicamente animales. La infidelidad, por tanto, es un concepto antinatural (cualquier zoólogo nos incluiría entre las especies no monógamas)

   La historia está llena de ejemplos en los que los actos de las personas se consideran "crueles", cuando, en realidad, son simples manifestaciones de sus instintos primarios. Los hombres siempre han luchado por conservar a la pareja que han elegido. Sólo han variado los métodos, su grado de sofisticación, pero, básicamente, cuando un hombre se enfrenta a otro por una mujer, es una lucha a muerte, física o mental. Aunque el tiempo del garrote o el machete deberían haber pasado,  los crímenes pasionales siguen siendo una realidad. Sólo la educación y la cultura nos impiden tomar una escopeta y pegarle un tiro al individuo que se está beneficiando a nuestra compañera. Dialogamos, vamos al psiquiatra, desarrollamos estrategias frente a la pérdida; así  la integridad física de nuestros enemigos se ve menos amenazada. Nosotros no iremos a la cárcel, pero el golpe está dado. No nos engañemos, se ha vulnerado nuestro principio funcional,  a nuestro mecanismo de subsistencia se le han perdido o roto elementos; el proceso de reparación implica un coste que merma nuestra calidad de vida y la recuperación no siempre está garantizada.

   La lucha de las mujeres ha sido también terrible, pero desigual. Los hombres pronto nos dimos cuenta de la superioridad fisiológica de la hembra, y nos apresuramos a construir un mundo de leyes restrictivas para someterlas. Nuestro poder se basó siempre en la familia como unidad, en los hijos que ampliaban y multiplicaban nuestras capacidades. Sólo las mujeres podían darnos los hijos, eran la fuente de la subsistencia. La posesión de esta fuente y su defensa, por encima de todo, nos convirtió en celosos dominadores empleando como argumentos la fuerza física, en lo único con lo que podíamos marcar alguna diferencia.

   Pero el hombre se olvidó de algo, de que el progreso intelectual no era una cuestión de géneros, que las mujeres serían capaces, con su inteligencia e intuición, de amenazar el Imperio del macho. Cuando capta esa amenaza, empieza una cruzada en la que el mundo debe regirse por las necesidades masculinas, reduciendo la misión de la mujer a sus aspectos puramente funcionales. Hoy, todavía quedan muchos hombres, que no se han enterado de que ese reino del macho hace mucho que cayó. Y lo peor es que la tradición, sostenida por el largo brazo de las religiones, se  niega a reconocer esta realidad.

  En la aventura del hombre, en la lucha por la vida, la energía vital de la mujer se ha manifestado de formas terribles. No sólo asesinan a sus maridos infieles, sino que, incluso, matan a sus propios hijos como el acto último de rebeldía. El hecho de que podamos considerar estas situaciones de "excepcionales" es, simplemente, una cuestión de posibilidades. En la lucha cuerpo a cuerpo, en la intimidad de la pareja, la mujer está en inferioridad de condiciones. Por eso, huye, se escapa, hasta que, finalmente, es sacrificada física o socialmente por su comportamiento. Si tu marido no te mata y logras dejarlo, puede que ya no tengas una nueva oportunidad, serás una "puta", una "zorra"; si encuentras una pareja, al limitarte en tus posibilidades de relación social, es muy probable que sufras el estigma de tu acción y vuelvas a ser víctima de aquello de lo que escapaste.

   Vivimos tiempos de concienciación, vivimos tiempos de medios y de información. Pero cambiar un modo de pensar y de actuar que está dictado por imperativos biológicos, requiere un esfuerzo ímprobo que comienza con una reeducación total de los papeles que el hombre y la mujer desempeñan en la sociedad. Una reeducación que muestre la esencia de la naturaleza humana, que obligue al individuo a reconocer sus límites y posibilidades y que ofrezca un catálogo amplio de opciones para la realización personal que no se basen exclusivamente en el modelo de la pareja que hasta ahora se ha sacralizado.
 
  
   Estamos acostumbrados a obtener las cosas que queremos, normalmente las compramos. Hablamos de objetos. Los objetos nos producen ciertas satisfacciones, pero no piden nada. Un piano me permite disfrutar con la música que creo en él; no pide nada a cambio; si intento conservarlo, es cosa mía, es por mi interés, el piano no interactúa conmigo ni debo preocuparme por su bienestar.
   
   A nivel subconsciente, si el buscar una pareja se convierte en un acto para cubrir nuestras necesidades afectivas, no difiere mucho del acto de comprar un piano. Pero la realidad es que una mujer o un hombre no son un objeto, demandan en la medida que dan. Esto supone un sobreesfuerzo para que la relación funcione, la inversión personal es muy alta. Quizás no podamos pagar el precio justo. Quizás no todos estemos preparados para aceptar que las cosas son así. Reconocer esto genera frustración y, a pesar de todo, intentamos conseguir nuestro objetivo. Las consecuencias son las que conocemos. Nuestro piano se desafinará, no sonará bien, nos creará problemas y resultará caro repararlo; al final lo despreciamos y arrinconamos, nos aburrimos de él y, seguramente, terminaremos sustituyéndolo por otro.


"LAS PERSONAS NO SON OBJETOS. LAS NECESIDADES PROPIAS SON TAMBIÉN LAS DEL OTRO. NECESITAMOS RELACIONARNOS CON EL GRUPO O CON EL INDIVIDUO. ESA RELACIÓN ES ENRIQUECEDORA, DEBE SER UNA SUMA DE RASGOS QUE SATISFAGAN LAS NECESIDADES MÚTUAS. NUNCA PUEDE BASARSE EN LA DOMINACIÓN O EN "EL TU TE QUEDAS PORQUE LO DIGO YO Y A CUALQUIER PRECIO". SI NO ERES CAPAZ DE DAR LO QUE RECIBES, BUSCA OTRAS ALTERNATIVAS, PERO RESPETA LA VIDA DEL OTRO COMO SI FUERA LA TUYA. NO ESPERES A QUE LA OTRA PERSONA DÉ SEÑALES DE LO QUE VA MAL. DEBES APRENDER A VERLO POR TI MISMO." (D.D.A.)


  Creo que esta consigna debería estar colgada en muchos sitios, que los niños y niñas en las escuelas deberían memorizarla e interiorizarla hasta el punto de borrar de sus mentes modelos caducos de relaciones basadas en la desigualdad y la imposición.

       "Hombres y mujeres son libres para relacionarse, aunque esto se olvida con frecuencia; esa libertad se las da la cultura, la formación, el conocimiento. Elegir una pareja no es comprar un piano, una casa o un coche, es sumar conciencias para un proyecto más rico que el individual. Es un acto de voluntad y en ese acto deben pactarse las condiciones para que pueda funcionar. La fidelidad, puede encontrarse o no entre esas condiciones; y si está, y no se es consecuente con ella, entonces el proyecto debe revisarse o disolverse." (D.D.A.)

No hay comentarios: