viernes, 8 de mayo de 2009

Amor de lejos...no es fácil (III)


   Después de todos aquellos incidentes, intenté recobrar la normalidad, al fin y al cabo, no iba conmigo. Más que nunca, me sentía orgulloso de haber terminado la relación como la había terminado, todo el sufrimiento y la tristeza pasada, habían merecido la pena. Esta vez volví a pensar sólo en mí. Mi gesto hacia Carmen Rosa abrió las heridas que, sin duda, no habían cicatrizado. Estuve allí y ella sabía que podía contar conmigo.

   Me había programado aquel verano, como un verano de trabajo. Preparaba mi memoria de licenciatura. Belén se fue de vacaciones. Yo debía centrarme en mis cosas. Entonces ya había cambiado de compañero de habitación y aprovechó los días de asueto para invitar.  a unas amigas. Al principio, me mostré un poco autista, incluso me molestó aquella intromisión, porque contaba con que la casa iba a ser para mí solo. Cuando Inma y Ana llegaron de madrugada, vía Madrid, y Puli me las presentó, mi enojo se atemperó algo y, aunque de lejos, empecé a oler los problemas.

   Inma estudiaba astrofísica y creo que estaba interesada por Puli. Ana Montenegro acababa de terminar medicina, y creo que Puli estaba interesado en ella. Como me pasaba todo el día tecleando en el ordenador, teníamos tiempo por las noches para charlar un rato. Lo que, en principio era una visita de unas semanas, duró casi dos meses. A mediodía salía a llamar a Belén para decirle lo mal que estaba, el calor que hacía y cómo la echaba de menos. Por las noches salíamos los cuatro a tomar vodka con limón y a deambular por los casi vacíos bares de la ciudad universitaria. En alguna ocasión se unieron varios extranjeros del astrofísico; todos controlaban el inglés y yo me sentía un poco aislado. Hice todo lo posible por despertar el interés de Ana Montenegro  y esto casi me costó la amistad con Puli. A la semana de conocerla, nos emborrachamos y nos pusimos cariñosos. Unos días después, ya estábamos durmiendo juntos. No sé cómo, pero las pesquisas sexuales con Belén despertaron en mí nuevas curiosidades, y aquella morena andaluza, de ojos negros y grandes, se presentó como la mejor ocasión para seguir aprendiendo.
 
   No tenía necesidad de engañarla, le hablé rápidamente de mis desventuras a golpe de copas. Conocía la existencia de Belén, conocía la existencia de Carmen Rosa, pero asumió la complicidad de estar conmigo. Yo era torpe e inexperto, pero había perdido el miedo. A ella no parecía importarle demasiado. Nuestras conversaciones pronto adquirieron el tono melancólico de dos enamorados que se ven impedidos por las circunstancias. El tiempo iba pasando y nuestra separación sería inevitable.

   Como Ana aprovechó su estancia para conocer otros lugares, se ausentaba con cierta frecuencia. En ese tiempo, Carmen Rosa estaba otra vez en la ciudad universitaria. Su hermano había sido ingresado en el psiquiátrico, vivía la pesadilla de la soledad y el abandono. Me quedé varias veces en su casa, la acompañaba al hospital, no sabía nada de lo que estaba pasando con Ana y creo que no le interesaba. En esas noches creí que mi compañía sería buena para ella, pero olvidé un detalle: la seguía deseando...y lo peor, ahora ella también me deseaba a mí o, al menos, daba muestras de ello. Cuando un día decidió entregarse, cuando por fin estuvo preparada, se desnudó y me esperó en la cama. Sentí confusión y miedo y una profunda ansiedad. Cuando intenté desnudarla del todo, fui incapaz de hacer nada. Fue la única y la última oportunidad que tuvimos de hacer el amor y no pudo ser.

   Ana volvía de sus excursiones ajena a estas cosas. A ella le preocupaba que Belén regresaría pronto. Eso hacía las cosas más agobiantes. Cuando Belén volvió ocupó el lugar que le correspondía. Ana no puso ningún inconveniente. Aquello no podía durar; Ana Montenegro se marchó de casa y yo me empeñaba en seguirla visitando. El día antes de irse, nos bebimos una botella de vino y   disfrutamos con la fuerza que da una partida y separación inminente. Me fui de aquel lugar, le dije adiós, ni una disculpa. No rompimos, quedó como un punto y seguido. Esa misma noche dormí plácidamente con Belén, en nuestra cama, en mi seguridad. Intuyó lo que pasaba, lo supo y lo ignoró. Seguimos adelante, era nuestra historia, nada probado, nada demostrado, sólo nuestra voluntad de seguir juntos. 

   

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